Español, 78 años Estudios: Teología en el Colegio Mayor Hispanoamericano de Madrid. Licenciado en Pedagogia Catequética, en el Institut Catholique de París. Licenciatura en Educación, UC de Santiago de Chile Trabajó en CIDE: desde 1972 hasta 1997 como Director de Cuadernos de Educación y Coordinador de los Talleres Metodológicos para Profesores. En 1997, como miembro del CIDE, es designado para integrar la recién creada Escuela de Educación de la UAH que posteriormente se convierte en Facultad de Educación.

Cuando conocí a Patricio yo andaba a la defensiva, porque me advirtieron que aceptó contratarme con ciertas reservas por el hecho de que yo había sido cura y, además, español. Los puntos a mi favor eran que le habían dicho de mí que era suelto para escribir y que tenía estudios en el Institut Catholique de Paris. Así inicié mi trabajo en CIDE, con una cierta e infundada carga de prejuicios hacia la persona de Patricio. Prejuicios que parecieron reafirmarse después que una secretaria comentara de Patricio que cuando viajaba a Europa pedía que ojalá le tomaran un vuelo que no lo obligara a pasar por España (¡¡??¡¡). Sin embargo, durante todo el tiempo que permanecí en Cide (desde 1972), nunca esos temas fueron objeto de conversación entre nosotros, y tampoco sentí en ningún momento ni recelo, ni desestimación de su parte, sino que por el contrario experimenté continuamente de su parte profundos gestos de afecto. Así, pocos meses después del golpe, un día me llama y me dice:”Paco, vamos a mi casa y te voy a pasar mi afeitadora para que te saques la barba. Han detenido a varias personas que andan con barba y son extranjeros (yo conservaba aún cierto acento andaluz en mi lenguaje) y yo no quiero que te expongas por una tontera como esta”. Al poco tiempo después, cuando unos agentes de la policía internacional dejaron en mi oficina una citación para que me presentase a declarar, él se ofreció para acompañarme y pidió estar presente durante el interminable y absurdo interrogatorio al que me sometieron (estuvimos casi cuatro horas en el departamento de policía internacional). Posteriormente, cuando tomé la decisión de regresar a España, al menos por un tiempo, hasta que el ambiente se calmara, aceptó que yo designara la persona que tendría que reemplazarme en la dirección de Cuadernos de Educación. A través de esa persona supe que Patricio se encargaba de decirle continuamente: “no te olvides que tu eres reemplazante. Esa silla es de Paco”. A tal extremo le insistía, que esa persona decidió dejar mi silla en un rincón de la oficina y buscarse una silla nueva que ella sintiera como propia.
Entre 1978 y 1983 enfrenté un periodo crítico para mi salud que me obligaba a tener que ausentarme del trabajo por largos periodos para someterme a un tratamiento de radiación y quimioterapia. En el CIDE me mantuvieron el sueldo. Patricio no solamente se daba el tiempo de visitarme en mi casa, sino que además se encargó de conseguirme unas inyecciones para la quimio que había que comprarlas en EEUU y él mismo se encargaba de llevarlas a mi casa.
Nunca sentí un reproche o una queja por planteamientos duros y críticos que se hacían en Cuadernos sobre el sistema nacional de educación. En los primeros años de la dictadura era obligatorio pasar por la censura para publicar la revista Cuadernos de Educación. Mensualmente, yo como director tenía que presentar el original de la revista, antes de llevarlo a la imprenta, ante un comité de generales en el edificio Diego Portales que eran los encargados de la censura. Siempre me sentí apoyado por Patricio en las decisiones que debí tomar. Solamente en una ocasión, ya en democracia, me pidió que cambiara un editorial que hacía críticas a la práctica de supervisión escolar porque recibió un llamado del Ministerio de Educación con amenazas de perder proyectos que iban a ser adjudicados al CIDE si manteníamos el planteamiento que se formulaba en dicho editorial. Como la revista ya estaba impresa no quedaba otra solución de arrancar esa página y hacer la distribución como un número que no tenía editorial.
Después de sus viajes por diferentes zonas del país me pasaba datos de escuelas y profesores que se destacaban por su trabajo pedagógico y las condiciones en las que lo estaban realizando. Gracias a dichas informaciones, en una ocasión pude irme una semana a vivir con un profesor de una escuelita rural de Portezuelo. Era una escuela que estaba entre cerros, a 15 kilómetros de Portezuelo, a ella sólo había acceso por un camino (no carretera) de tierra. La escuela era una casa de madera que contaba con un salón grande para sala de clase y una salita en la que el profesor tenía su cama, pues pasaba ahí de lunes a viernes. No había luz eléctrica, ni baño. Cada mañana el profesor, al levantarse, bajaba al rio para lavarse. Pero a Patricio lo que más le había llamado la atención fue que a las seis de la tarde, acompañado con una vela, este profesor seguía enseñando a leer a un alumno que necesitaba recuperación.
También me contó de su gira por los campos de Osorno y las reuniones con las familias que estaban empeñadas en que sus hijos fuesen escolarizados y las expectativas que tenían para ellos. Su información sobre proyectos a los que visitaba era muy importante para nutrir futuros reportajes y experiencias que se dieron a conocer en Cuadernos,
Siempre se interesó y apoyó con la búsqueda de financiamiento el proyecto de “Talleres metodológicos para profesores”, aunque nunca pudo asistir a ninguno de ellos debido a que estos se realizaban de viernes a domingo. Pero sí se dio el tiempo de acompañarnos en el Encuentro Latinoamericano de Docentes convocado por este proyecto, animándonos a seguir la experiencia de un perfeccionamiento docente centrado en la reflexión sobre la propia práctica.
Para él la revista Cuadernos de Educación era el instrumento que vinculaba al CIDE y sus investigaciones con la escuela y los profesores. La preocupaba que los planteamientos y discusiones de los investigadores llegasen también a los docentes que trabajaban en el aula. Al mismo tiempo le inquietaba y necesitaba que los planteamientos, dificultades, problemas y logros alcanzados por los docentes llegaran a ser parte de los diálogos y conversaciones de los investigadores. Por esa razón insistió siempre en la necesidad de que el director de Cuadernos integrara y participara en las reuniones de coordinación de los investigadores. Por eso apoyó siempre la revista, porque esta era una posibilidad de injerencia y revisión de la práctica pedagógica en la escuela pública. Por esa misma razón consintió en que mi trabajo en CIDE fuese de medio tiempo, porque mi experiencia laboral en la escuela (el otro medio tiempo) me permitió hacer un vínculo fuerte entre la práctica pedagógica en el aula y la reflexión teórica en el contacto con los investigadores y demás proyectos del CIDE.
Para mí fue una gran satisfacción visitarlo en el colegio san Luis de Antofagasta y verlo en reuniones con docentes y apoderados, animando la comunidad escolar y ejercitando tantas y tantas cosas experimentadas en diferentes proyectos del CIDE.