Profesora de Filosofía, diplomada en Teología para Laicos, ambos en la Pontificia Universidad Católica. Trabajó doce años en el CIDE (1975-1987)y veinte en Saint George’s College. Actualmente sólo trabaja ad honorem. Es parte del Consejo Parroquial en la Inmaculada Concepción de Vitacura y del Consejo EFEC (comunidades ignacianas fundadas por el padre Carlos Aldunate, S. J.) Da Ejercicios Espirituales y otros talleres en su Parroquia y en otros lugares en Chile y en Argentina.

Testimonio de Manena Barros (79 años)
Gestión: Paco Alvarez
Fecha: noviembre 2016

ALGUNOS RECUERDOS DE MI RELACIÓN CON PATRICIO CARIOLA
Me encantó la idea de escribir sobre las experiencias y buenos recuerdos que los ‘cideanos’ tenemos de Patricio. A él lo conocí, y pasó a ser un personaje importante en mi vida, gracias a Eddie Mercieca, SJ. En 1974, al comenzar el último semestre en la UC, tomé un curso de Dinámica Grupal que daba Eddie. Al finalizar el curso, él nos invitó a Maggie Loayza y a mí a trabajar en un proyecto en el CIDE. Y ahí conocí a Patricio.
Una vez que tuve una tremenda discusión con Patricio, por algo que no recuerdo, él me dijo que lo que me hacía falta era hacer Ejercicios Espirituales. Y, decidido como era, me citó para que nos encontráramos el jueves en la tarde en Padre Hurtado. Fue una experiencia impactante, de sólo cuatro días, donde experimenté mi segunda conversión. Desde ese momento Patricio pasó a ser mi director espiritual, o acompañante espiritual, como se les llama más propiamente ahora. Resultó ser francamente director, una vez que le comenté que estaba muy enojada con Enrique (mi marido), y no sabía si era mejor que nos separáramos. Su comentario fue tajante: “Déjate de idioteces”. Y dio por cerrado el tema.
Durante veinticinco años fue mi acompañante, hasta que partió, y me dejó un vacío tremendo. Era difícil encontrar quien lo sustituyera, con esa claridad frente a la vida, mezcla de la libertad de los hijos de Dios y de la exigencia de entregar toda la vida a la voluntad de Dios.
Como él no manejaba, a veces me pedía que lo llevara a algún lado, o que lo fuera a buscar al aeropuerto, y aprovechaba la ocasión para confesarme. Durante un tiempo, lo estuve yendo a buscar para llevarlo todos los domingos a una capilla de Cerro Navia, donde celebraba la Eucaristía. Todos allá lo querían mucho. La homilía de esas Misas se parecía a las de las primeras comunidades cristianas. Después de las lecturas, frente a una pizarra, introducía el tema y comenzaba la participación con comentarios de muchas personas -sobre todo del Evangelio- Patricio iba anotando ideas, las que relacionaba al final en una clara síntesis.
Una vez que lo llevaba a alguna parte, y tenía poco tiempo, me confesó mientras yo manejaba. Una experiencia de confesión bastante original.
Una vez, después de haber participado en un retiro que daba el padre Carlos Aldunate, SJ, ayudando yo como acompañante, sentí la moción de hacer una confesión general, abarcando toda mi vida y todos los pecados que recordaba. Me preparé bien, y llevé un largo punteo anotado. La confesión resultó larga, y yo pensaba que después de tanta basura en mi vida que le estaba mostrando a Patricio lo iba a escandalizar y se desilusionaría de una amistad muy linda que nos unía. Para sorpresa mía, después de darme la absolución, me dio un abrazo muy cariñoso, y me dijo: “Tú eres un regalo de Dios para mí”. Esto es lo más lindo que me han dicho en toda mi vida. Cada vez que lo recuerdo, me emociono. Sentí no sólo el amor de Patricio, sino también el amor y aceptación de Dios hacia mí.
Tenía sentido del humor: Una vez fui a confesarme después de un retiro, y le llevé de regalo unas mermeladas. Me comentó: “Tú haces el retiro y yo recibo los frutos”. Otra vez fuimos con un par de personas más a comer unos sandwishes a una fuente de soda en Cienfuegos, muy cerca de su casa. Alguien pidió “Barros Luco” o “Barros Jarpa”; Patricio, muy serio, pidió un “Barros Aldunate”. El dependiente le preguntó cómo era ése, y él me mostró a mí. “Ella es Barros Aldunate”.
Algo que siempre me impactó era esa mezcla de humildad y de ser apatronado de Patricio. Le importaba mucho la humildad. Una vez que me confesé de algo relacionado con el orgullo, me dijo: “Arrodíllate, para darte la absolución”. Desde esa vez, cada vez que me confieso recibo la bendición de rodillas. Aunque esencialmente humilde, se imponía por presencia y por actitud; como esa vez que, estando preso, llamó a un gendarme: “Joven, venga”. Y el gendarme comenzó a acercarse donde Patricio, hasta que se dio cuenta de que ahí era el gendarme la autoridad, así es que se detuvo y le dijo: “Venga usted si quiere hablar conmigo”. Y Patricio no tuvo problema en acercarse.
Creo que Patricio resultó ser una carta importante para la Iglesia durante la dictadura. Recuerdo una vez que fuimos en mi renoleta a Talca a un seminario sobre educación, cinco personas del CIDE. Íbamos a exponer algunas de las experiencias pedagógicas que realizábamos. Cuando estábamos en eso, aparecieron unos militares reclamando que estaba participando ahí esa gente indeseable que trabajaba con Patricio Cariola y con Gerardo Whelan. Apenas salió el militar, nos fuimos a toda carrera a buscar las cosas a la casa de unas monjitas que nos alojaban y partimos hacia Santiago. Al llegar a la casa, llamé a Patricio para contarle lo sucedido. Me preguntó si los del PIIE se habían retirado. Se alegró de saber que así había sido. El plato fuerte de ese encuentro de educación lo conformábamos el CIDE y el PIIE. No supe en qué terminó esa reunión. Después nos contaron las religiosas donde nos alojábamos, que pronto luego de nuestra salida, llegó un grupo de militares preguntando por nosotros, y registraron todo el convento buscándonos. Sé que son muchas las personas que se salvaron de la dictadura gracias a Patricio y a Gerardo.
El proyecto al que nos invitó Eddie resultó bastante importante y exitoso. Monseñor Alvear era el Vicario de la Zona Oeste, y estaba preocupado porque había muchos jóvenes que llegaban a las capillas a reunirse, en tiempos en que toda reunión era vista como sospechosa de atentar contra el régimen. Monseñor habló con Patricio para que lo ayudara a canalizar esta inquietud de los jóvenes y así nació el Programa de Formación de Animadores Juveniles, Profaj. Asistieron dos jóvenes de cada capilla de la zona, y participaron en un programa de tres años, con jornadas de formación y trabajo práctico. Resultó tan exitoso, que después tuvimos que hacer un programa para los asesores de los jóvenes, porque decían que ahora éstos estaban mejor formados que ellos. Después se hizo una adaptación para líderes de colegios; más adelante, una adaptación para universitarios. Incluso un exalumno mío del Saint George vio el material en una librería de Florida, Estados Unidos.
Aunque no conozco a fondo el tema, siempre me impactó la extensa difusión de los Resúmenes Analíticos de Educación. Al CIDE llegaban muchos extranjeros a aprender y/o aportar lo suyo.
Patricio viajaba a Estados Unidos y a Europa. “Vamos a ordeñar las vaquitas”, decía, cuando iba a conseguir financiamiento para los proyectos.
Me impactó mucho su enfermedad. Una vez que fui a verlo en la casa de su mamá me invitó a celebrar la Eucaristía. Estaba tan débil, en cama, que en el momento de la elevación me pidió que le ayudara a levantar el cáliz. Mucho tiempo después estuvo en la Clínica Alemana, y me llamó para que le llevara la Comunión. Me sentí privilegiada, porque todos los días llevan la Comunión a la Clínica, pero Patricio quería que se la llevara yo. Poco antes de su muerte estuve con él y me dijo que le quedaba poco acá. Estaba tranquilo y muy cariñoso. Uno o dos días después lo llevaron a la clínica de la Universidad Católica, donde murió poco después.
Patricio fue un instrumento de Dios muy importante para mi formación y compromiso cristianos. Con el padre Carlos Aldunate, SJ hice su taller: “Mi muerte, Decisión de Vida” la primera vez que lo dio. (He dado varias veces ese taller que asombra y da esperanza a muchos que antes temían a la muerte). En este taller había alusiones a un libro de la doctora Elizabeth Kübler -Ross, entre ellas, los testimonios de personas con muerte clínica que volvieron a la vida, y contaban que habían visto a parientes que venían a recibirlas. Yo creo en eso, y siempre he pensado que cuando yo muera, Patricio va a recibirme para llevarme a la gloria de Dios.