A Patricio lo conocí brevemente en una visita protocolar al CIDE un tiempo antes de ser contratada.

Testimonio de Leonor Cariola
Gestiona: Josefina Rossetti
8 de marzo 2017

A Patricio lo conocí brevemente en una visita protocolar al CIDE un tiempo antes de ser contratada. En ese momento, al verlo hablar con pasión sobre lo que hacían, comenté a los que me acompañaban “aquí me gustaría trabajar a mí”. Como dijo Fernando Flores en una ocasión era la persona más “seductora” (en Floriano) que existía. Sin embargo, no fue él quién me buscó y contrató sino Oscar Corvalán que logró que me saltara la consabida entrevista con Patricio y que yo desconocía. Alguna vez me enrostró esta situación junto al hecho que no había trabajado en nada de Desarrollo. Así es que durante un tiempo nos saludábamos bastante formalmente cuando nos encontrábamos en el pasillo o en los cafés. Fue después de una reunión a la que alguien me citó, que nos empezamos a hacer amigos y a conocernos más.

Dejaré a otros que comenten el impacto que tuvo Patricio Cariola, S.J., en la educación nacional e internacional. En lo que sigue, yo trataré de caracterizar los rasgos que me emocionan de él.

Su generosidad: sabiendo todo el trabajo que él tenía o lo cansado y enfermo que estuviera, nunca le faltó tiempo para una buena conversa, compartir un almuerzo, visitar a mi familia en cualquier circunstancia, etc. Claro que también se excedía como cuando Cecilia Castelblanco le sacó tarjeta de crédito para un viaje y llegó con perfumes y otros regalos …

Su humildad: esto lo he venido a apreciar con el tiempo. Tuvimos muchas peleas y discusiones, más que nada por formas de aproximarnos al trabajo y a las relaciones interpersonales porque, como sabemos, era bien autoritario. Él se disculpaba diciendo “pero antes de imponer una decisión, consulto mucho” y todos sabíamos que consultaba a quiénes le llevaban el amén. En un momento me di cuenta que su forma de manipular era con el afecto que siempre lo tenía ganado. Entonces decidí pagarle con la misma moneda y me puse bien “tiesa”. A los pocos días, empezó a preguntarme por cosas mías, a decirme quiero hablar sobre esto o lo otro; sin darse ni por aludido de mi pesadez. Más de alguna vez me pidió perdón porque creyó haberme ofendido o herido. A mí me sorprende esto ahora porque creo que merecía más respeto de mi parte y no las brutalidades que me permitía decirle. Yo entraba a su oficina en cualquier momento que lo veía solo y le decía “vengo a hacer de Pepe Grillo”, le largaba todo lo que se me ocurría y él me escuchaba con atención y respeto, como si yo tuviera alguna autoridad. ¡Ahora, quisiera pedirle perdón por tanta impertinencia!

Su preocupación por la persona: era muy sabio y perspicaz para conocer a las personas y saber tocar las fibras correspondientes según la ocasión, aunque alguna vez se aprovechaba de esto para conseguir lo que quería. Pero las más de las veces era una herramienta pedagógica para hacer crecer y dar seguridad. Por pudor no me atrevo a nombrar la cantidad de veces que hizo notar características positivas que veía en mí. Este refuerzo me acompaña hasta el día de hoy y me ayuda a fomentar esas supuestas cualidades. Buscaba lo positivo del otro y lo hacía notar. En cambio muy pocas veces mencionaba cosas malas. Sólo recuerdo una vez que en el descanso de la escalera del segundo piso tuvimos una pelea chica, ni recuerdo por qué, y yo me escapé subiendo rápido por la escalera. Entonces me gritó hacia arriba “¡chascona!” y era la pura verdad. Después de eso, no había más que reírse y ponerse en la buena. Él fomentaba el hábito del café en la cocina a las 11:00 y creo que se preocupaba de que fuera algo significativo. A mí me reprendió por no darle el tiempo necesario, ya que era “la oportunidad de encontrarse con los otros”. Creo que logró hacer familia en el CIDE.

Su apertura de mente y tolerancia: ¡nunca, nunca lo vi imponer la norma o la ley por sobre la misericordia! Mi hijo mayor se casaba por el civil (no por la Iglesia) y bastante en privado. Parte de mi familia, en rechazo, dijo que no asistiría. A Patricio no lo habíamos invitado, en parte por lo mismo. Pues bien, él me llamó a su oficina y me dijo que quería asistir como un gesto de tolerancia y comprensión y que estaba aburrido de la gente que no aceptaba nada distinto a ellos.

Cuando mi hija adolescente quedó embarazada, Patricio nos fue a ver y aburrido de verme llorar y alegar inició el siguiente diálogo:
¡Acepta las cosas como son! ¡Tan revolucionaria por fuera y tan conservadora por dentro!
Ah, claro y ¿lo van a aceptar en un colegio Jesuita?
¡Claro que sí, si no se quedarán sin alumnos …!
¡Plop!

Aunque nunca me confesé con él, alguna vez le confidencié que me arrepentía de no haberles transferido la Fe a mis hijos. No me dijo nada y tiempo después, al compartir con mi familia, me dijo “esto que tú tienes en tu familia, es tan importante como la Fe”. Se lo agradezco profundamente.

Buen amigo: Creo que fue el amigo más total que he tenido. Con él podía hablar de cualquier cosa; alguna vez después de una buena conversa me llamaba y pedía que no repitiera tal o cuál cosa. Me contó que a los 16 años en Estados Unidos estaba en un lugar (¿Universidad?) con muchos jóvenes y las mujeres preciosas andaban casi piluchas y comentó “¡Lo que sufría yo!”. Fue a ver a mi familia a Paraguay en una situación muy triste. Tuvo que dormir con mi hijo mayor que en ese tiempo era un adolescente, pero Patricio se reía de sus cosas y se adaptó sin ningún problema. Dijo una misa en el living de la casa a la que nos acarreó a todos, porque obviamente nuestros espíritus no estaban precisamente sosiegos. Lo que nos dijo, resultó cierto, porque sirvió para relajarnos y quedar en paz.

Conversábamos de nuestras familias y nos reíamos de los Cariolas, que ni se conocían pero se parecían tanto… Me acuerdo de una oportunidad en que el tema fue qué cosas nos hacían gozar. Nos reímos como locos … ¡Tenía una mezcla de humanidad y santidad que me ha costado encontrar en otras personas y que quiero rescatar!

Fe y muerte: La primera misa de difunto oficiada por Patricio a la que yo asistí, fue la de su papá. Me permití comentarle que la había encontrado muy fría y que cuando muriera mi papa quería algo más sentido. Su respuesta fue que él realmente creía que la muerte era un cambio de estado y para mejor. Cuando estaba en la enfermería de los Jesuitas, decía misa a las 12:00. Alguna vez me tocó sola con él y me dio por llorar pensando que estaba por morirse. Cuando terminó, me dijo “¿por qué tan llorona? ¡No hay por qué tener pena!” Sin embargo, cuando ya estaba para morirse en la Clínica de la Católica decía que quería seguir viviendo porque quedaba tanto por hacer … ¡Tan humano y tan santo!