Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica. Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Trabajos realizados: Superintendente de Educación del Mineduc entre 1970 – 1973 Investigador del PIIE Miembro del Programa REDUC, CIDE, entre 1978 – 1985. Premio Nacional de Educación 2015.

Testimonio de Iván Núñez P.(76 años)
Gestiona: Paco Alvarez
Abril 2017

Escribiré sobre el Padre Cariola en varios planos, en que mi relación personal con él se mezclará con los lazos institucionales que nos acercaron, y con una visión que he construido en mi condición de pretendido historiador de la educación chilena.

Partiré con mis recuerdos más personales. Crecí y maduré en ámbitos sociales y culturales diversos a los de Patricio: inicialmente, desconfiaba de los sacerdotes en general, dada mi laica educación familiar y escolar. Alguna vez supe que la religión era el opio de los pueblos. Como estudiante, en el viejo Pedagógico de la Universidad de Chile, lidiaba con mis compañeros y compañeras de la Unión de Estudiantes Católicos de Pedagogía. Desde mi formación liberal- democrática en el Liceo “Manuel de Salas” y en la tradición del movimiento estudiantil, había aprendido a distinguirlos como adversarios. Pero a los sacerdotes que estaban detrás (Monseñor Oscar Larson y Bruno Richlowscki), los sentía enemigos. Cerca de conocer al Padre Cariola cara a cara, yo vivía en cierto antagonismo con la enseñanza privada. Hacia 1971 o 1972, siendo Superintendente de Educación Pública y por añadidura dirigente del Partido Socialista, era difícil sustraerse del clima de ideologismos que afectaba crecientemente a nuestra sociedad.

Sin embargo, en fecha que no recuerdo bien (probablemente a comienzos de 1972), Patricio me invitó a conocer al CIDE de entonces. Yo venía de haber integrado, entre 1962 y 1968, el que consideró el primer centro profesionalizado de investigación sobre educación en Chile (el Instituto de Educación de la Universidad de Chile, fundado en 1957, por Irma Salas). Allí me había formado “en la tarea” como proto-investigador en el que era nuestro común campo académico. Con curiosidad personal y académica, más que con una motivación política, accedí a visitar el local del CIDE, en Alonso Ovalle, si no me equivoco. Entonces conocí a Patricio, junto a algunos jóvenes de su equipo. Me impresionó muy bien y quedé también favorablemente intrigado por “el clima” que se respiraba en esa modesta instalación, en la que se sentían buenas vibras como se dice hoy. Más tarde, algún material escrito me refrendó mi primera reacción hacia esta entidad. Pero el otro recuerdo favorable me lo produjo Patricio, al ofrecer acompañarme desde el CIDE a la Superintendencia de Educación Pública, que yo dirigía y que se situaba en la vereda norte de la Alameda que entonces era un paisaje de excavaciones propias de la construcción del Metro: un hombre mayor que yo, s.j, se dignaba ayudarme en ese andinismo urbano. Así fui aprendiendo tan simplemente que había otros sacerdotes que los que yo imaginaba o conocía.

En verdad, a Patricio lo fui conociendo más a fondo después del golpe militar. Fue un conocimiento que, en esos momentos oscuros, se basó más en gestos a la distancia que en una relación cara a cara. Se preocupó de mi seguridad personal y de que yo pudiera seguir sirviendo a la educación y a la academia. Estando yo expulsado de la Universidad y de la educación pública, Patricio me invitó a trabajar para el CIDE en uno de sus programas más centrales y perdurables: me contrató como colaborador externo en la producción de los RAE, Resúmenes Analíticos en Educación, editados por REDUC. No fui investigador del CIDE. No estaban los tiempos para que alguien como yo figurase en esa condición. Pero, durante más de seis años, leí y leí centenares de estudios sobre la educación chilena y latinoamericana, pude resumirlos y aportarlos, para uso de muchos interesados. Por otra parte, acumulé conocimiento sobre el campo respectivo y me comprometí modesta pero definitivamente con tal área del saber y de su expresión en políticas públicas y en prácticas de enseñanza y aprendizaje. Gracias a ese gesto de Patricio, pude formarme mejor como estudioso de la educación e interesarme hasta hoy día en su transformación. De paso, cuento que en 1976 o 1977, sin que yo se lo pidiera, el Director del CIDE, dio el paso de contratar a mi esposa Marta como bibliotecaria y documentalista de REDUC, lo que ayudó al sustento de mi familia, al crecimiento profesional y personal de ella y, por otra parte, fue una buena contribución al fortalecimiento académico del CIDE y al desarrollo de las relaciones humanas al interior de él. De esta manera, en buen sentido, pude ser testigo mediatizado de la historia del CIDE de aquellos años y, por supuesto, convertirme en un siempre intrigado admirador de la persona y de su obra de entonces.

Mi relación con Patricio pasó a otro plano en la década de 1980., A comienzos de ella me incorporé como investigador del Programa Interdisciplinario de Investigaciones en Educación, PIIE. Poco después me eligieron como Director de esta entidad. CIDE y PIIE y, hasta cierto punto la FLACSO, fueron las instituciones que representaron la continuidad de la investigación académica sobre educación, que las universidades chilenas, asfixiadas y empobrecidas, no podían producir. Desde esa nueva posición, pude interactuar con Patricio más frecuente y estrechamente. Éramos las cabezas de dos instituciones hermanas, solidarias y no competitivas entre ellas.

Los vínculos entre Patricio y yo fueron más intensos y directos, aunque yo dejé el PIIE en 1990, para colaborar con todos los Ministros de Educación hasta 2008. Es más: estuve en otra posición para conocer mejor la dimensión histórica e internacional de Patricio y su obra. Fruto de ese seguimiento fueron los conceptos que expresé cuando se le otorgó con plena justicia el Premio Nacional de Ciencias de la Educación. Me permito reproducirlos ahora, con cambios de redacción que ponen en tiempo presente lo expresado en 2001:

Cuándo alguno de nosotros, otros investigadores de hoy o los del futuro, quieran escribir la historia de la educación chilena, particularmente en la segunda mitad del siglo XX, harán referencia obligada a Patricio Cariola. Les será difícil clasificarlo.

La historiografía más convencional tiende a destacar a quiénes han querido reformar la educación desde el poder político – y Patricio no ha sido Ministro, ni Subsecretario, ni Rector de Universidad, ni líder gremial. Se acostumbra a distinguir a quienes han desarrollado pensamiento sobre educación – y los libros de Cariola no abundaron.

Sin embargo, Patricio ha sido influyente como pocos: actuando por sí mismo y movilizando a otros en favor de transformaciones educacionales significativas. No tuvo poder político oficial pero ejerció liderazgo práctico para el cambio No llenó anaqueles, pero facilitó que muchos otros aprendieran, reflexionaran, investigaran y comunicaran conocimiento pertinente a las transformaciones educacionales y sociales.

Como sus antecesores en el Premio, fue un educador, en el sentido formal y real de miembro de la profesión docente. La ejerció con brillo en la parte inicial de su trayectoria de más de cincuenta años de servicio. En un hecho que lo enalteció, aceptó volverse otra vez un docente, en el sentido formal de la palabra. Su radicación en Antofagasta, de nuevo en la dirección de un colegio, de cara a cara con jóvenes, lo hace un personaje inclasificable para el observador superficial. Entre los dos ejercicios magisteriales directos, el de mediados del siglo XX y el de las postrimerías del mismo y de los albores del presente siglo, había un Cariola que rompía los esquemas de carrera: fue desde el aula y la comunidad escolar a la Conferencia de Jomtien y a otras cumbres internacionales de la educación, en que Patricio brilló con luz propia. Desde allí de nuevo al aula y la comunidad escolar, hubo un tránsito que el historiador convencional no logrará desentrañar en su alto significado.

Patricio Cariola no fue un educador de estereotipo. Parte de su magisterio, fue el de sacerdote. Pero no de aquellos jesuitas de los tiempos del barroco, que educaban príncipes y nobles, sino de los jesuitas del “aggiornamiento”, en este caso el magisterio sacerdotal en su capilla de población en Cerro Navia, en la zona poniente de Santiago. Podríamos decir que en la onda de Luis de Valdivia y no de capellán de poderosos.

Patricio Cariola no fue educador sólo de aula y de colegio. Antes que muchos de nosotros, coincidiendo con Paulo Freire, el galardonado fue uno de los fundadores del movimiento de la “educación popular”, contribución específica de Latinoamérica al movimiento educativo mundial.

En el ámbito académico poco se sabe de esto. Se asocia a Patricio Cariola, con justicia a su más conocida creación institucional: el CIDE, un centro de investigación educacional de excelencia. Pero muchos ignoran que el CIDE, como otros centros hermanos, no ha sido sólo un “tanque de pensamiento” en educación. Por influencia de Patricio, fue también un motor e incentivador de educación popular, es decir, de procesos educativos generados en la base de la sociedad, e inseparables de la organización de los pobres y los discriminados, de la solución de sus problemas cotidianos y de la construcción de protagonismo y participación.

Cuando decimos que Patricio Cariola fue también un educador de aula y de colegio, destaquemos que no era un burócrata de la enseñanza; fue un creador y animador de comunidad escolar. Fue uno de los primeros, entre nosotros, que concibió la organización escolar como comunidad de actores, motivados por un proyecto común de educación.

Fue también partícipe de otra tendencia histórica en la educación chilena y latinoamericana, la planificación integral de la educación, ya a comienzos de los años sesenta. Es cierto que el planeamiento de la educación implicaba original y principalmente a los Estados. Parecía un movimiento político-técnico que sólo interesaría a la educación estatal. Parecía una respuesta a los cuellos de botella del esfuerzo del Estado Docente para ampliar y mejorar los servicios educativos.

Patricio Cariola actuaba entonces en el escenario de la educación privada. Era producto de la educación primaria y secundaria particular y de élite. Era miembro de una iglesia que históricamente se asociaba a este tipo de enseñanza y de gestión. Llegó a presidir el organismo corporativo de los sostenedores, la FIDE Secundaria. Pero, junto con el preclaro Cardenal Raúl Silva Henríquez, aceptó la convocatoria a hacer de la educación estatal y la privada, de ambas, una educación de carácter público o de interés público, y junto con Oscar Vera y otros líderes del reformismo oficial, se implicó en el esfuerzo de “planeamiento integral de la educación chilena”.

Su participación en la empresa reformista inconclusa de la primera mitad de los sesenta, lo llevó naturalmente a implicarse, junto a muchas otras personalidades en la reforma impulsada por el gobierno de Eduardo Frei Montalva. Lo hizo, en tres planos: colaborando directamente con la conducción de esa reforma, dirigiendo la principal y señera organización de los colegios particulares secundarios y, al mismo tiempo, creando en 1964 el CIDE.

Aquí, conecto con otra faceta de Patricio Cariola, el académico, o más bien, el productor de conocimiento, el lider científico. Al crearse el Premio Nacional de Educación, el espíritu del legislador fue promover el desarrollo de las Ciencias de la Educación, reconociendo los liderazgos más destacados en este campo del conocimiento. A nuestro juicio, Patricio Cariola fue uno de los principales líderes en la constitución del campo científico de la Educación, en Chile y en la región.

Patricio Cariola fue partícipe e intérprete de una corriente internacional de superación de la producción de saberes en educación, que se hizo visible desde los años 50 en el mundo y entre nosotros. Fue un movimiento de profesionalización e institucionalización de la investigación científica sobre educación. Los graves problemas, desequilibrios y demandas que afectaban por todas partes a la educación, exigían conocimiento riguroso. Ya no bastaba la “artesanía” de los ensayistas que reflexionaban con escaso recurso a información empírica.

En el mismo sentido de lo que hizo Irma Salas, al institucionalizar y profesional la investigación educacional en la Universidad de Chile en los años cincuenta, Patricio Cariola fundó el CIDE. Pero Patricio Cariola fue más allá que doña Irma. Fundó una entidad de investigación “y desarrollo”. Enriqueció así la actividad científica y la desenclaustró. Concibió al CIDE no sólo como institución productora de saber educacional y pedagógico, sino que lo comprometió con la innovación y con la formación. Es más, comprometió su creatura institucional con la acción transformadora de la educación formal y apoyadora de la otra educación, la “popular”. Más aún todavía, enraizó la investigación educacional en los requerimientos y en las condiciones dramáticas del subdesarrollo latinoamericano y chileno.

El CIDE de Patricio Cariola hizo y hace mucha y buena investigación sobre educación. Crecientemente desde su creación, abordó prácticamente toda la temática del campo. Pero, además, contribuyó decisivamente a formar personal científico. Cariola puso su capacidad, su influencia y sus empeños en facilitar la formación en la acción de jóvenes investigadores y, junto con ello, el envío de numerosos jóvenes a hacer estudios de postgrado en el exterior. En este ámbito, mucho se debe a la gestión personal de Patricio y mucho se debe a convenios instituídos gracias a Patricio, como el Convenio CIDE/PIIE, Universidad Católica de Lovaina, que logró doctorar a una cantidad significativa de estudiantes chilenos, todos los cuales han vuelto al país y, la mayoría de ellos, desempeñan importantes responsabilidades académicas y de gestión

Hay otra dimensión de este inclasificable personaje histórico: postgraduado en el exterior, conectado con los circuitos de la experticia educacional del Primer Mundo, puso su saber, sus contactos y sus relaciones al servicio del desarrollo del saber de nuestra región. REDUC hizo por la educación latinoamericana tanto o más que organismos intergubernamentales y es el ejemplo más visible y tangible del enraizamiento de Patricio Cariola.

La ciudadanía latinoamericana de Patricio, no lo encerró en los límites de la región. Su talento y sus obras lo proyectaron al escenario internacional. Fue otro ejemplo de “profeta” quizás más conocido y valorizado en el exterior que en su propia tierra. Respetado en los circuitos internacionales de producción de conocimiento y de formulación de políticas, su voz y su consejo, fueron muy significativos en los escenarios continentales y mundiales de reforma educativa. Baste señalar que, en 1990, fue el vocero latinoamericano en la Conferencia Mundial de Educación para Todos, la famosa reunión de Jomtien, Tailandia, que ha marcado camino en la empresa mundial de cooperación para expandir la mirada y la política sobre la educación básica en toda la década de los 90.

Por último y no menos significativo: Patricio Cariola fue defensor de los derechos humanos y a la vez objeto de la máquina de atropello sistemático de los mismos. Doy testimonio que este cristiano de verdad, tendió la mano a muchos que no pensando como él, necesitábamos su aliento. Pero es más, recordemos que Patricio arriesgó algo más que su tranquilidad cuando colaboró con el Comité Pro-Paz del Cardenal Silva y cuando se jugó por proteger a perseguidos en riesgo de muerte. Recordemos que la consecuencia fue la calumnia y más que eso, el encarcelamiento. La prisión, obviamente, no lo atemorizó. Sin caer en el partidismo, Patricio siguió comprometido con la gran causa universal de los derechos humanos y de la democracia. Desde su espacio y a su manera, fue uno de los grandes contribuyentes a la apertura de nuevos horizontes y a la recuperación de la esperanza en nuestra Patria.

Volviendo atrás, en Patricio Cariola, el historiador del futuro encontrará al educador, al científico, al emprendedor y al reformista. Encontrará también al humanista y al ciudadano universal y latinoamericano. Pero sobre todo, a una persona íntegra y consecuente, cálida y lúcida. Para el historiador del futuro, Patricio Cariola será un espejo en donde se encontrará reflejado lo mejor de los últimos sesenta o setenta años, todo aquello que hace que la Humanidad sea vivible y trascendente.