Profesor de castellano Director del Programa de Educación Técnica y Tecnológica (PROEDUTEC) de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (2007 – 2015). CIDE: 1969 – 1991. Director de Cuadernos de Educación-Profesores Jefes. Coordinador del Proyecto “Instrumentos de Trabajo Educativo para la Orientación Grupal”. Coordinador del equipo asesor de la Vicaría de la Solidaridad para el diseño del Programa de Formación en Derechos Humanos.

Entrevista a Martín Miranda O. (71 años)
4 de octubre 2016
Entrevista: Paco Alvarez
Transcribe: Encarnación Moll

¿Qué sientes al evocar a Patricio Cariola y comenzar a pensar tu relación con él?
Muchas cosas en lo humano y lo profesional. En lo humano fue una persona que me ayudó a aprender a transitar en la vida en un momento de muchas complejidades en el espacio social y político de nuestro país, principalmente a ensanchar la visión. En lo profesional a reforzar el compromiso por los postergados y marginados, algo que había captado incipientemente en mi experiencia escolar. También, a mirar la transformaciones que ha experimentado la educación en estos últimos cincuenta años sin miedo y a incorporarse creativamente en su despliegue. A compartir con otros y otras que deseaban estos cambios.

¿Cuándo conociste a Patricio y en qué circunstancias? ¿Cuál fue tu relación con él?
Empecé a relacionarme con él a raíz de un conflicto. En 1968 yo era profesor del Colegio San Ignacio El Bosque,dónde se generó un problema serio a partir de la publicación de un semanario que acusaba a cuatro profesores de prácticas reñidas con la ética, imputación que suele usar la derecha para sacar del escenario a personas que le incomodan. Yo era uno de los denunciados. Nuestro pecado era habernos tomado en serio un documento de la Compañía de Jesús sobre la misión de los colegios e intentar llevar a la práctica algunas de las cosas escritas. A fines de ese año los cuestionados y el jesuita Rector fuimos desvinculados, como se dice ahora. Entre los mediadores que puso la Compañía estaba Patricio, lo que implicó partir muy molestos con la forma de solucionar el conflicto y enojados, entre otros, con Patricio, por lo que nos parecía era una traición a lo que la propia Compañía pedía a sus colaboradores.

Al poco tiempo después Patricio me llama y me dice:“yo no quiero que tú te alejes del todo. Por todas las conversaciones dolorosas que tuvimos, me di cuenta de que eres una persona que tienes ideas innovadoras. Yo quiero darte la oportunidad de que conduzcas una revista y desarrolles,junto con Juan Eduardo García Huidobro, una línea de pensamiento frente a la educación”. Para mí fue sorprendente que me invitara a hacerme cargo de una revista que se estaba pensando en el CIDE cuando consideraba que habíamos salido tan peleados. Ahora, a la distancia, creo que detrás de esto tienen que haber estado también el propio Juan Eduardo y Beatriz Avalos, que era mi jefa en la Universidad Católica, pues yo trabajaba como ayudante de ella.

De ahí para adelante yo seguí vinculado a Patricio en el CIDE o en proyectos que me asociaban con él hasta después del retorno a la democracia. Mi última actividad en el CIDE fue en el apoyo al Programa en Educación en Derechos Humanos de la Vicaría de la Solidaridad, pero seguimos relacionándonos cuando estaba en el Colegio San Luis de Antofagasta o mediante el Proyecto Montegrande en el Ministerio de Educación. Es decir, me topé con él durante gran parte de mi vida profesional. Fue un contacto bastante largo de amores y de odios, como creo que lo tuvo mucha gente con él.

¿Cuáles son los aspectos de la vida de Patricio y de su participación en la vida social y política de Chile que es necesario dar a conocer, recordar y sobre los cuales es importante dejar un testimonio histórico?
En la época en que lo conocí, se planteaba una reforma integral de la educación, una de las exigencias de la Alianza para el Progreso. No creo que hubiera mucha convicción política para hacerla, pero había una comisión que estaba proponiendo transformaciones profundas. En esta comisión eran piezas claves los hermanos Vera, que eran masones. Y había terror dentro de un sector relevante de la Iglesia Católica de que esta reforma fuera masónica. Yo había estudiado en el Pedagógico de la Universidad Católica donde enseñaban algunos de los detractores de este fantasma que no lo lográbamos comprender, porque también tuvimos contacto con profesores católicos que expresaban una postura más abierta frente a la necesidad de cambios en la educación. Una vez puesta en marcha la reforma educativa en el gobierno de Frei Montalva persistieron sospechas en grupos conservadores. En este contexto aparecen voces en el mundo católico que señalan la necesidad de aportar y no obstaculizar el cambio, avaladas por el obispo Manuel Larraín. Es en este espacio donde empieza a cobrar relevancia el pensamiento y la acción de Patricio como impulsor y catalizador de esfuerzos que apoyan la transformación educativa, proponiendo, desde la FIDE, incluso medidas audaces para la época. En ese momento fue muy relevante el libro La Educación Particular en Chile, fruto de un estudio coordinado por Patricio, Luis Brahm y Juan José Silva, que disipó, con datos, la imagen de un sector clasista y puso en la discusión las experiencias originales que aportaba esta educación, como era la de comunidad escolar.

En esa época el Pedagógico de la Universidad Católica, la FIDE Secundaria y el naciente CIDE compartían un mismo cuerpo de edificios en la calle Alonso Ovalle con Dieciocho, lo que generaba una sinergia importante entre quiénes deseábamos participar creativamente en el esfuerzo transformador del sistema escolar chileno. Un motor importante fueron las jornadas anuales de FIDE Secundaria, donde participaban directivos, profesores, estudiantes y apoderados, compartiendo experiencias y discutiendo propuestas de futuro. Recuerdo encuentros masivos en San Antonio, Talca y Temuco. También se apoyó la integración de la educación particular a los consejos locales de educación, algo que, como muchas iniciativas en educación, desapareció en un momento de cambios políticos y que vuelve a reflotar como idea novedosa en años posteriores. Fue en este espacio donde se fue perfilando la revista Cuadernos de Educación que partió finalmente con dos versiones una para la recién establecida Enseñanza Básica, que condujo Oscar Medina y otra para Profesores Jefes, para apoyar el rol orientador que le daba la reforma a su trabajo, donde yo asumí la dirección.

Luego llega el gobierno de la Unidad Popular, donde Patricio formó parte de quienes buscábamos colaborar, desde una perspectiva de aporte crítico al desarrollo de la educación nacional, lo que en un momento de tanta polarización exigía un equilibrio permanente, para no caer en los extremos del apoyo irreflexivo o de la condena basada en sospechas que, pasado el tiempo se han mostrado como injustificadas. Después del golpe cívico militar, estando Patricio concentrado en el CIDE, empieza una etapa de crecimiento en personas y en perspectivas de acción. En profesionales que accedieron, en algunos casos, cuando se les cerraron las puertas en otros lugares y, en otros casos, porque fueron percibiendo que el CIDE era un lugar apropiado para ir desarrollando experiencias innovadoras, especialmente, en los campos de la investigación educativa y de la educación fuera de los muros de las escuelas. Por ejemplo, es relevante recordar la preocupación por la educación de los más pequeños en un momento en que esto no estaba en la agenda, abordada por proyectos como “Padres e Hijos”, liderado por Gerardo Weehlan, sacado del Saint George por los militares, y los aportes de Johanna Filp.

También es importante destacar la ventana abierta al mundo que significó el CIDE en un momento de aislamiento de nuestro país. Gracias a eso pudimos compartir y debatir con centros similares. Recuerdo con mucha claridad unas mesas de trabajo con el CIE de Buenos Aires, la participación en el encuentro latinoamericano organizado por el Centro de Estudios Educativos de México o los contactos permanentes con Bernardo Toro, director de la Revista Educación Hoy de la Confederación Latinoamericana de Educación Católica. En esta perspectiva una iniciativa destacada fue la elaboración y publicación del libro “La Educación en América Latina”, donde me tocó colaborar con Cecilio de Lora para reunir a 15 actores de los procesos de transformación educativa iniciados en la década de los 60 en nuestro continente y que queda como un documento histórico de sueños que sufrieron los embates de nuevas lógicas que desplazaron la política como orientadora de la gobernabilidad por la economía.

Patricio no paró nunca, ni siquiera cuando experimentó la cárcel, momento de su vida que le reforzó la preocupación por los pobres y los marginados. Cuando retorna la democracia lo encontrarás en el equipo que selecciona los liceos que integrarán el Proyecto Montegrande del Ministerio de Educación, donde, según cuentan otros miembros de ese equipo, estaba permanentemente preocupado que la elección tuviese criterios de equidad.

¿Qué me puedes contar de la manera de ser de Patricio?
Era una persona que movía muchas piezas, aunque nunca apareciendo en un plano de liderazgo explícito.Juntaba piezas y hacía jugadas que permitían que actores diversos construyeran algo nuevo. Era un hombre promotor de la reflexión y de una reflexión fuerte. Basta recordar las reuniones que se hacían en el CIDE durante el tiempo en que no éramos más de 20. Todos los martes de 9 a 11. Y además con gente tan distinta.

Tuvo cosas tremendamente decidoras en su percepción de los fenómenos. Por ejemplo cuando plantea su idea“del macetero al potrero”. ¿Durante cuánto tiempo trabajamos adentro del macetero porque no teníamos posibilidad de acceder a ningún potrero?Puras experiencias chiquititas. El único potrero que tuvimos era la educación popular, pero el resto eran solo macetas chicas. Cuando llega el momento en que el país se abrió y se comienza a recuperar el poder, se experimentan fracasos con experiencias que se masifican con escasa reflexión. Patricio tiene la capacidad de llamar la atención de las cosas que no funcionan “cuando se pasa del macetero al potrero” Era una posición tremendamente lúcida a pesar de que algunos la consideraron un tanto extraña. Un ejemplo de esto fue el denominado “modelo de diseminación en cascada”, considerado como el mejor camino para instalar ampliamente una innovación. Sin embargo, cuando se empezó a aplicar se observó que la comunicación se iba distorsionando progresivamente, como en el juego del teléfono, llegando a la base el mensaje deformado. Pese a las evidencias que fue entregando la realidad, aún hay personas que insisten en su aplicación. Aquí falló la reflexión al pasar del macetero al potrero.

Patricio no paró nunca de estar lanzando ideas; no era solamente un financista, que es la imagen que tiene mucha gente de él. Ciertamente tenía buen ojo para conseguir recursos, pero lo más relevante es que éstos fueron puestos al servicio del desarrollo de ideas y de experiencias que las materializaran y del desarrollo de personas, sobre todo en un momento en que se cerraron muchas puertas en este país.

Una característica muy decidora en Patricio era ser conversador. ¡Cuántas veces yo conversé con él desde las seis de la tarde hasta no sé qué hora! Y de repente dos meses después te decía: “¿te acuerdas que me dijiste tal cosa?Yo he seguido pensando y creo que se podría armar un proyecto”.

En síntesis, yo diría que fue un visionario que no tuvo miedo de asumir los retos de la época, de juntar personas diversas, de discutir, de pelear por lo que le parecía justo, de generar cosas.

Patricio Cariola fue toda su vida un sacerdote jesuita. ¿Qué me puedes contar sobre su relación con la transcendencia y su trabajo pastoral?
Patricio forma parte de una generación de jesuitas que dejaron huellas en el país. Hombres de pensamiento y de mucha acción. Se me vienen a la memoria Renato Poblete o Mario Zañartu, que al igual que Patricio se comprometieron en obras relevantes pero que no sólo fueron activistas sino, también, pensadores. Tal vez, en esto influyó decisivamente el Vaticano II y la exigencia de unir fe y vida. No le tuvieron miedo al momento político y social que se estaba viviendo en América Latina. No estuvieron cerrados a dialogar y discutir con la teología de la liberación. Se trata de una generación de religiosos y laicos que han vivido la trascendencia a partir de la vida cotidiana. En este contexto, Patricio, lo expresó en la educación, en una visión y acción propositiva con un gran sentido de Iglesia. Pero tampoco abandonó las tareas clásicas sacerdotales, cuyas huellas estuvieron y están en Cerro Navia.