Cristián Cox (Sociólogo Universidad Católica, Ph.D. Universidad de Londres), es director del Centro de Políticas Comparadas en Educación de la Universidad Diego Portales. Previamente fue Decano de la Facultad de Educación de la Universidad Católica de Chile y Jefe de la Unidad de Currículum y Evaluación del Ministerio de Educación (1998-2006), desde donde lideró el diseño de la reforma curricular escolar de los años Noventa. Fue investigador del CIDE y miembro de su Consejo Directivo, entre 1984 y 1989, período en que coordina la primera mesa de discusión de políticas en que participan figuras del gobierno de la época y la oposición democrática (plasmadas en el libro ‘Hacia la elaboración de consensos en política educacional’) y junto a Jacqueline Gysling publica la primera historia de la formación de profesores en el país (‘La formación del profesorado en Chile. 1842-1987’).

Entrevista a Cristian Cox
1 de diciembre de 2016
Entrevista: Viola Espínola
Transcribe: María Inés Soffia

Conocí a Patricio Cariola  como mi profesor de inglés en 6a. Preparatoria, en San Ignacio El Bosque. El venía llegando de su Master en Harvard. Era un jesuita joven, entusiasmado con transformar la enseñanza. Casi veinte años después, en base a esta tenue relación de profesor de un curso en preparatoria, le pedí que me recibiera en el CIDE para realizar el trabajo de campo de mi investigación doctoral. Entré al CIDE el año Ochenta, en que me pasó una oficina al lado, nada menos, que del Jesuita José Aldunate. No era la casa del CIDE propiamente, sino una de las del Centro Bellarmino. Trabajé el año Ochenta entonces en una relación, mediada por Patricio, con el equipo del CIDE. Culminados mis estudios afuera, fui aceptado por Patricio en su equipo en el invierno del año ochenta y cuatro. Trabajé conectado con el CIDE hasta el año noventa en que entré al Ministerio de Educación del primer gobierno de la Concertación, el gobierno de la transición a la democracia. Desde el Ministerio me mantuve luego trabajando cerca o conectado con Patricio, hasta su final como educador en el  Colegio San Luis de Antofagasta.

Intentaré en lo que sigue ofrecer unos rasgos sobre la figura de Patricio como persona, como jesuita, como líder del campo educacional. Luego voy a tratar de ordenar lo que, a mi juicio, son los rasgos más importantes de su obra y su impacto en el campo de la educación del país y más allá.

Creo que lo que define a Patricio, lo que lo definió, fue su vocación de innovador, su vocación de constructor de algo nuevo. Era un hombre esencialmente  práctico, con talentos  excepcionales para aunar voluntades en función de algo grande; un articulador de gentes en función de una visión de cambio. Me parecen centrales en él estas dos dimensiones, de constructor y de inventor. Patricio no era un administrador, era  un inventor. Se paró y se relacionó con las instituciones en las que trabajó, a las que sirvió, desde esta perspectiva de innovación.

Fue así desde estudiante. Me acuerdo de él contándonos que en su preparación como novicio jesuita, en sus estudios,  a sus profesores entre que los sorprendía y los irritaba, porque salía siempre por otro lado que el esperado. Consistentemente reaccionaba, como se diría ahora, pensando ‘”fuera de la caja”. Luego, finalizando sus estudios de jesuita, el Cardenal Silva Henríquez lo llama a una gran tarea, verdaderamente, que era subir a la Iglesia Católica y su accionar en educación, a la Reforma Educativa de los años Sesenta.

Patricio era claramente  un “hacedor”.  Algo que está en el carisma de la orden religiosa en la que, tocado por Alberto Hurtado, eligió consagrarse a su misión. La combinación, dicen los Jesuitas, entre contemplación y acción. Claramente Patricio estaba inclinado a la acción. La contemplación lo sostenía pero era una dimensión más íntima y más oculta a nosotros sus estudiantes primero, sus ayudantes y pares educadores después.

Tenía una capacidad excepcional de aunar voluntades y era un eximio constructor de redes. Pensemos que Patricio inventó REDUC (una red de sistematización y comunicación de investigaciones en educación), dos décadas antes de la Web. REDUC era una ‘red’  de investigadores en educación de todo el mundo, no sólo de América Latina, porque REDUC fue ampliando y puso nodos en Norteamérica y nodos en  Asia. Tenía amigos en todas partes: era amigo de Kenneth King en Edimburgo, de Joseph Farrell en Toronto, de Noel McGinn en Boston, de Kai Ming-Chen en Hong-Kong, Robert Myers en Washington –todos académicos de la educación influyentes a nivel internacional-; a lo que hay que agregar,  ‘nodos’ de su red  en cada capital latinoamericana, y en cada una de las agencias clave de cooperación para el desarrollo, tanto en Europa como Norteamérica. En este ámbito, Jeff Puryear de la Ford Foundation y Anthony Tillett de la cooperación Canadiense, fueron apoyos claves para él. Dentro de Chile, el tejido de las redes de Patricio cruzaba el espectro político completo y mostraba con todos una capacidad de persuasión y un carisma que hacían que las cosas le resultaran y reuniera fondos y capitales de confianza y apoyo, en función de una visión sobre la educación, como gran transformadora de las personas y de las condiciones de base del cambio de una sociedad que vio siempre como muy injusta, y, al mismo tiempo, capaz de cambio y reparación. Eso es lo que está en la base del CIDE y su proyección, del CIDE y su sustentamiento. En confianza él se enorgullecía de esto como cualquier ‘laico’ constructor de instituciones o empresas lo haría. Creo que ahora, con más experiencia sobre lo que es reunir plata para estas cosas inasibles, más admiración despierta. Patricio juntaba un millón de dólares al año, eso era el CIDE en los años Ochenta, un millón de dólares de esos años, ¡cada año!  Es verdad, eran condiciones muy especiales las de la dictadura, que hacían que hubiera una buena voluntad política y cultural respecto a Chile, en Europa especialmente, pero también en Norteamérica. Pero sobre esta base, es un logro de una dimensión impactante la escala de los recursos que reunió. Esto descansó por larga década y media en sus capacidades de comunicar una visión y en su inspiración de confianza, respecto a la misión de la que él era un servidor, y respecto de los proyectos que la realizaban. Constructor, innovador, tejedor de redes de escala mundial, completamente inusitada para el arrinconado Santiago de Chile.

Patricio encarnaba plenamente otro aspecto del carisma de la Compañía de Jesús: el del trabajar en la frontera, las fronteras. En este caso, las fronteras de dos cosas: del conocimiento en educación y de la política en relación con la educación. Post Harvard, él siempre entendió, en forma muy adelantada a su tiempo en Chile, la renovación en educación como íntimamente ligada a una capacidad de producir conocimiento sobre los sistemas educativos: tan claves para la sociedad, con tanta gente adentro, con tanta promesa y tanta limitación al mismo tiempo. Fue un adelantado que vio, veinte años antes que el resto en otras áreas del conocimiento en Chile; veinte años antes que la Católica, que la Chile y las Universidades que teníamos  (eran sólo ocho Universidades cuando Patricio comenzó a actuar), este rol de la investigación en la innovación y el mejoramiento de la calidad y equidad de la educación. El visualizó que la investigación era clave y actuó en la forma que he evocado, para construir una base institucional y unos grupos que podían iniciarla en forma sistemática en el país y Latinoamérica.

Pero Patricio también actuó en una frontera que está en la base de la tragedia de Chile y la pérdida de su democracia en los 70 y también en su recuperación en los 90.

Patricio aunó dos mundos; está junto a otros entre los que puentearon entre la izquierda chilena, la Iglesia Católica y el centro político, la Democracia Cristiana. Jugando en el ámbito de la educación un papel, en este sentido, a mi juicio, clave. Con el pasar de los años, cada vez más nítido y descollante. Patricio tuvo en su casa al exilio de la educación en Chile. Acogió a Iván Núñez, miembro del Comité Central del Partido Socialista, líder de la ENU, aislado y perseguido. Lo acogió en el CIDE y acogió igualmente al principal dirigente democratacristiano del profesorado, Alfonso Bravo. Los juntó y los hizo conversar entre ellos, con él y a través de él con la Iglesia, no sólo la Compañía de Jesús, sino que con la Iglesia de Santiago y su jerarquía.  Una jerarquía que es la que funda y sostiene a la Vicaría de la Solidaridad, que por casi dos décadas acoge a los perseguidos por la dictadura en la forma que conocemos. Entonces, frontera también en ese sentido. Frontera que creo le demandó especialmente, que le era difícil, y que hizo crecer a todos los partícipes de esta conversación, sobre valores, sobre fines últimos, sobre medios y sobre tradiciones intelectuales. Estamos hablando que el quehacer de Patricio en esta frontera enhebraba a cristianos y marxistas, creyentes y laicos, masones, democratacristianos y socialistas, aunados en la recuperación de la democracia. El CIDE en la época, junto a otros centros como FLACSO, como CIEPLAN, como el PIIE,  jugaron un papel completamente más allá de sus misiones sectoriales, más allá de educación, economía y política, en la construcción de un sentido común democrático, que fue crucial para el éxito de nuestra transición a la democracia.

Veo a Patricio como un jugador importantísimo en la construcción de una nueva base de ideas, relaciones y afectos para re-constituir la política democrática en el país. Vuelvo a la imagen de hombre de frontera. Esta vocación jesuita, plasmada en él, desarrollada y realizada en él en grado máximo, en esos tiempos difíciles, ultra difíciles. Pensemos que Patricio acogió también a Gerardo Whelan, cura de la Holy Cross que comparte su visión y es socio clave en educación popular, y que los dos actúan para salvar al líder del MIR, Andrés Pascal, de ser asesinado por la DINA. Algo que les cuesta cárcel, a los dos, y que hace ver a todo Chile, que este par de curas educadores de su elite, dedicados a la educación popular, están defendiendo algo sagrado en forma ejemplar. Cuestión que les dio a ellos un significado frente al país, que multiplicó su influencia y su impacto en forma que trasciende al campo de la educación. En este episodio ellos estuvieron en el centro de la tormenta política, encarnando en su máxima expresión (se puede aquilatar ahora todavía con más nitidez que entonces),  algo que siempre conmueve: fidelidad a un ideal hasta el límite en que se puede perder todo.  Algo que los marcó a los dos y a su obra, por el resto de la época que aludo.

Sobre su impacto en educación, es necesario ampliar los trazos que he referido respecto a su rol en los inicios  de la investigación socio-educativa en el país,  y su capacidad de reunir recursos y armar instituciones.  

Patricio fue una influencia central en el quehacer reformista de la educación chilena, por cuatro décadas. Desde el inicio, en el primer tercio de los años Sesenta, cuando vuelve de su postgrado y pautea la conversación educativa de la Compañía de Jesús y sus colegios, así como de la FIDE, hasta su partida en los 2000. Hay en estos cuarenta años un arco de acciones y aporte, de riqueza e impacto muy grandes, que concluye como comenzó, siendo profesor de Colegio.  Entre medio, la Reforma de los años Sesenta, su amistad con Juan Gómez Millas, (Ministro de la Reforma Frei Montalva); su cercanía e influencia en ese proceso como Presidente de la FIDE, obedeciendo a la petición del Cardenal Silva Henríquez a la Compañía y a él, de acoplar a la Iglesia y el pensamiento de la Iglesia en educación con los nuevos tiempos. Pasando por la tragedia de los Setenta y Ochenta en la forma que aludí, hasta la Reforma de los 90, en la que ayudó doblemente: a través del CIDE y su aporte  en gente e ideas para la conducción de las políticas, y específicamente en uno de los programas de la reforma.

En la Reforma de los Sesenta,  Patricio participó directamente (como Presidente de la FIDE), en el fin de los exámenes válidos y la elaboración del Decreto del Ministerio de Educación, que les puso fin, y con ello, fin también a la historia de sujeción de la educación privada católica al Estado. Hoy día se puede interpretar eso como el inicio del fin de la hegemonía de la educación pública. Pero en su momento tuvo otro significado, de autonomía y de convergencia entre dos tradiciones educativas que habían disputado por siglo y medio por el control de la educación, y que esta administración modernizadora que encarnaba la presidencia Frei  Montalva buscó aunar, justamente, en función de la innovación y la cohesión del sistema educativo como un sistema con reglas comunes. La innovación la había encarnado, hasta entonces, fines de los Cincuenta comienzos de los Sesenta, el gradualismo renovador de la educación laica en los liceos, ideado por Amanda Labarca y seguidores, y donde nunca había tenido voz alguna la educación Católica. Eso se transforma en los Sesenta con el liderazgo de Patricio.

Respecto a la reforma de los Noventa, Patricio se enorgullecía de que lo que el CIDE había construido en los años Ochenta, era fundamento, cimiento intelectual, de las políticas educacionales de los años Noventa. Creo que él lo vio  de esa manera, en forma del todo válida: fue así,  y lo  llenaba de orgullo, como obra cumplida, el ver proyectado a escala nacional lo que había convocado,  sostenido y nutrido en el CIDE. Él es el que inventó  la figura “del macetero al potrero”. Su macetero se proyectó mucho más allá del potrero; se proyectó al campo completo. Creo que eso, en la culminación de sus días, con razón lo justificaba y alegraba.

Adicionalmente, en su relación con la Reforma de los años Noventa, Patricio fue decisivo de manera directa y específica, respecto de un programa del segundo gobierno de la Concertación: el Programa de las estadías de profesores en el extranjero que envió en pasantías de dos meses, a instituciones elegidas con pinza por él y sus redes, a cinco mil profesores del país. Esto es algo no muy conocido de su legado y que a miles de docentes les cambió su visión sobre su país, sobre su propio quehacer como profesionales, y sobre lo que es el poder e influencia de una educación de alta calidad. Efectivamente, por dos años y medio, Patricio trabajó medio día en el Ministerio de Educación, como parte de la gestión del Ministro José Pablo Arellano, (en la segunda mitad del Gobierno del Presidente Frei Ruiz-Tagle), comprometiendo a las redes que él tenía en el mundo, para elegir los mejores lugares donde enviar grupos de profesores del país, a observar, estudiar y crecer profesionalmente. En Europa, en Norteamérica, y en América Latina. Programa de estadías en el extranjero con marca de Patricio y su capital de conocimiento y confianzas, extendidas por el mundo, puestas al servicio del profesorado del país.  

Debo referirme por supuesto al CIDE mismo, como construcción institucional, que tan patentemente refleja los propósitos y modo de proceder de su fundador. El CIDE evolucionó de comunidad a institución, cuestión que tuvo algo de parto al final y de mucho dolor en él, que creo estaba más en el lado comunidad que institución, pero que siempre vio que las cosas para que funcionaran y perduraran tenían que tener una dimensión de administración profesional, de reglas y de racionalidad instrumental.

El CIDE a lo largo de los Ochenta evolucionó en torno a esta tensión. Yo pertenecía al Consejo del Centro y retrospectivamente veo con nitidez por qué Patricio tenía a Luis Brahm como brazo derecho y a Juan Eduardo García Huidobro como brazo izquierdo. Juan Eduardo encarnando la dimensión intelectual y comunitaria, y Luis Brahm, encarnando el lado institución, reglas y administración, de modo que los recursos alcanzaran, los edificios se expandieran, la producción documental y de materiales se multiplicara. Creo que el trío y sus dos alas, que encarnaban estas dos figuras históricas del CIDE, hablan de facetas del liderazgo de Patricio, donde  su doble alma, de pastor de una comunidad y de constructor institucional y estratega, se desplegaba de manera constructiva, y tensamente a veces. Muchas veces era demandante ser ejecutor en la orquesta que su liderazgo era capaz de conducir, conjugando las diferentes músicas que el CIDE generaba y ofrecía. Hay que agregar en lo que evoco sobre el núcleo conductor del CIDE y sus lógicas, el apoyo, invaluable para él, de Cecilia Castelblanco: una madre, y al mismo tiempo una administradora impecable. Así funcionaba el conjunto, liderado por el carismático Cariola.

Creo que la educación chilena verdaderamente le debe mucho a este adelantado a su tiempo;  a la riqueza enorme de las distintas hebras que este Jesuita excepcional aunaba y armonizaba. Era un hombre de muchos mundos, un hombre de muchas ciudades, capaz de armonizarlas y descubrir en ellas lo mejor y proyectarlo, como podemos constatar hoy, institucionalmente en la Universidad Alberto Hurtado y su Facultad de Educación, y nacionalmente, a través de su contribución a las políticas públicas de distintos períodos.

Pregunta: ¿Qué podrías decir sobre el impacto de Patricio en las personas que se formaron en el CIDE? Hay un equipo de investigadores, un grupo de gente que se formó en el CIDE y que salió con una impronta particular, la mayoría, a trabajar en el ámbito público. ¿Qué ves en esa dimensión de Patricio en el CIDE?

Creo que él fue efectivamente una influencia decisiva, un modelo,  para el grupo de aproximadamente una decena de personas del CIDE que ocuparon posiciones altas en las gestiones del Ministerio de Educación entre el año Noventa y el 2010, a lo largo de cuatro Gobiernos. Si tuviera que distinguir la impronta y lo que le da una identidad común a ese grupo, es una visión de la política como servicio; y de lo público como el ‘mayor servicio’.

Se trata de una vocación pública con clara vocación de unidad, de juntar los contrarios, de servir al conjunto, de superar visiones estrechas, partidarias, o fuertemente ideológicas. Hay en la vocación pública del CIDE de Patricio Cariola, la de servir, a través de la educación, al conjunto del país, al bien común, al interés general. Creo que ese espíritu empapó las políticas del período y en las que este grupo participó: los Programas MECE y de las 900 Escuelas, la Jornada Escolar completa, el modo de concebir el proceso de definición de la reforma curricular, creo que portan esta marca, que es por lo demás, muy afín con el clima político de la transición. Patricio encarnó, como referí, una vocación de constructor de puentes entre mundos, de caminos de doble vía entre mundos que estuvieron tan separados que llevaron al quiebre de la democracia en Chile, a la violencia y la tragedia. Esa experiencia que porta toda nuestra generación y que su liderazgo buscó transformar y proyectar constructivamente,  creo que está en la base de la impronta por la que preguntas. La marca sobre el grupo, que creció  o se armó profesional, académica y políticamente con él es la referida: vocación de servir al todo. El todo es el bien común, de difícil construcción en sociedades de tanta desigualdad como las latinoamericanas.

Esto que estoy constatando como huella, como legado de Patricio, es profundamente idealista. Porque va contra corriente con la desigualdad de nuestra sociedad: desigualdad en poder, en ingresos, y conflictos de intereses e ideológicos. Todo eso lleva a separarnos. Lo natural, lo que nos fluye es agruparnos separadamente e ideologizar nuestras diferencias y defender nuestros intereses. En cambio, lo que animaba a Patricio y su obra, va contra corriente y tiene un arraigo, una raíz al final, que es un ideal. Es algo a lo que debiéramos tender. Este educador líder encarnó esto en grado muy alto.

Quiero mencionar, al cerrar esta evocación, una dimensión fundamental del impacto educativo de Patricio y de su visión acerca del ámbito educativo y a la que dedicó gran parte de su afán, que era la pobreza, la relación entre educación y pobreza. A muchísima gente que se le pregunta por el CIDE en esos años, lo identifica con ‘educación popular’, mucho más de hecho, que con educación escolar. Eso tiene como base el que efectivamente el CIDE entra en educación escolar solo al final de los años Ochenta, cuando la dictadura permite a sus profesionales y a  sus proyectos ingresar al sistema escolar. No lo habían podido hacer antes. En cambio, a todo lo largo de los años Setenta y Ochenta, el CIDE fue una institución dedicada a la educación de adultos en el mundo popular, con su Programa Padre e Hijo, y multiplicidad de acciones en el mundo poblacional como en la ruralidad; con Gerardo Whelan metido a fondo en este tipo de trabajo educativo y socio-cultural, que en las circunstancias de los Ochenta tenía además un valor testimonial y de protección de algo amenazado y perseguido.

En ese contexto, la llegada de estos pequeños proyectos, estos maceteros de apoyo, escucha y herramientas, para la familia popular, herramientas para líderes comunitarios que activaban grupos de madres, de pequeños emprendimientos (un taller de peluquería; una guardería; un taller de capacitación de jóvenes), era como agua fresca en el desierto. Los proyectos incluían, por cierto, iniciativas educativas en contextos escolares. Debo destacar aquí el que da origen al Programa de las 900 Escuelas, con que parte la gestión del primer Gobierno de la Democracia, a diez días del cambio de Gobierno en 1990. Este programa contemplaba unos tutores seleccionados por la comunidad que trabajaban con niños que se estaban quedando atrás en su aprendizaje, que hacían tareas en horario no escolar en lenguaje y matemáticas. De ese macetero pasó en 1990 al conocido Programa de las 900 Escuelas, con platas donadas entonces por la cooperación nórdica. Así era el funcionamiento de las cosas en sus inicios, donde no había un peso en el presupuesto heredado de Pinochet. El embajador sueco llegó diez días después del cambio de mando de marzo de 1990, donde el Ministro de Educación Ricardo Lagos y le planteó: ‘aquí tiene un millón de dólares de la cooperación nórdica para la transición, para la democracia chilena. Úselo en lo que más rápidamente usted pueda implementar’. Juan Eduardo García-Huidobro toma ese millón de dólares y tiene el P-900 funcionando en mayo de ese año. Un record de implementación pública que sale directamente de este lado fundamental de la vocación educadora de Cariola y de la experiencia del CIDE que, inspiradas al final en Vaticano II y en Arrupe, tienen como campo preferencial de acción a los pobres, los vulnerables, los abandonados.

Esto es  lo que en educación, en ese tiempo, significa la diversidad de programas que el CIDE implementó. Que vistos desde ahora, cuantitativamente eran la nada misma, pero que cualitativamente, sin embargo, al impactar luego los programas públicos, sus implicancias fueron sistémicas. No hay Programa 900 Escuelas sin CIDE y el Programa 900 Escuelas inaugura lo que en política educacional se llama “políticas de discriminación positiva”, que en Europa se habían aplicado hacía 15-20 años, y que ni en Chile ni en América Latina se habían aplicado nunca. Eso marca el inicio de la transformación de la visión de la acción del Estado en educación,  que pasa de una lógica jurídica, de igualdad de todos respecto a la ley, a este concepto nuevo, clave para la equidad de la educación, de que la educación que no se hace cargo de las diferencias sistemáticas de capital cultural de los diferentes grupos, no iguala, no es equitativa. Es de subrayar cómo este accionar CIDE, que es marca de Cariola y su equipo y obra, escaló en los años Noventa en los términos que estoy relatando.

Patricio fue pastor; y era pastor no sólo de la parroquia en Cerro Navia donde hacía misa los domingos, donde llevaba las metodologías del Programa Padre e Hijo a sus prédicas, sino también de la comunidad de profesionales que reunió, lideró y evangelizó, en el CIDE. Sus prédicas en Cerro Navia eran con cuaderno en mano y participación de la comunidad: armaba un círculo y producía los diálogos freirianos de la educación popular del CIDE. Lo que él aprendía ahí cada domingo, lo llevaba de vuelta al CIDE durante la semana. Y les comunicaba, a estos profesionales que se iniciaban en investigación y que querían que la escuela sirviera a esos mundos, qué le dolía, que sentía, que necesitaba el mundo de la pobreza. Hay una hebra bien visible que conecta lo que aludo, con la secuencia que va del P.900 de los Noventa , a la ley de Subvención Escolar Preferencial (SEP) de 2008, que de manera importante allanó la cancha de la educación subvencionada de Chile, en términos de al menos igualar materialmente el punto de partida. Se puede ver la SEP como hija del P-900, el primer programa de discriminación positiva que echa andar el Estado de Chile. Y el P-900 es hijo del CIDE: así, del macetero a leyes del sistema escolar nacional, y de éstas al nuevo sentido común sobre equidad en educación, nuevo sentido común que no es sólo del mundo de la educación sino que del sistema político y de la sociedad respecto a educación.

Era un dedicado a los que lo necesitan más, nuestro Patricio, y su vida de entrega generosa y creativa, contribuyó en forma consistente a redefinir lo que la educación podía ofrecerles como camino de empoderamiento y cambio.