Pedagogía en Castellano, Pedagógico UC, título en 1963. Licenciatura de letras hispánicas en el Institut d’Amérique Latine, París, 1968. Magíster en Lingüística, en Instituto de Letras de la Universidad Católica de Chile, título en 1994. De 1985 a 1994, trabaja en el Programa de Educación Popular del CIDE. 1997 a 2002, en talleres organizados por el Programa de Perfeccionamiento Docente Fundamental, PPFF del CPEIP, destinados a profesores de Lenguaje y comunicación de Educación Básica y Media. 2004 a 2008, en el PIIE, coordinación de un grupo de 20 docentes, para la elaboración y edición de 20 cuadernillos destinados a la Educación de Adultos, correspondientes a los “subsectores” de Lenguaje y Comunicación, Matemáticas, Historia y Biología de Educación Básica. De 2009 a 2012 trabaja en el en el Ministerio de Educación en el Programa de Sexualidad y afectividad, Actualmente jubilada.

Entrevista a Carmen Colomer S. (1939)
5 de diciembre 2016
Entrevista: Josefina Rossetti
Transcribe: Encarnación Moll

J: ¿Qué sientes tú al evocar a Patricio Cariola?

C: Cuando pienso en él, lo recuerdo con mucho cariño, admiración y agradecimiento. Lo conocí gracias a un Congreso organizado por Unesco, en Valparaíso el año 1964 en torno a la Reforma de la Educación. Patricio conoció en esa instancia a Gérard Lepoutre, un sacerdote francés, profesor de física y química, que en aquel entonces era Vice Rector de la Université Catholique de Lille.

En ese entonces yo estaba ejerciendo mi tercer año de docencia como profesora de Castellano. Patricio fue la persona que permitió que yo me convenciera de que las y los docentes tenemos que aprender a enseñar a través de métodos no agresivos, colaborativos en vez de los métodos competitivos, punitivos. Esa metodología respetuosa y convivial tuve el privilegio de conocerla durante mi Educación Primaria, nuestros profesores y profesoras eran seguidores de la metodología de Célestin Freinet. Ellos llegaron a Chile después de la Segunda Guerra Mundial. En la Educación Secundaria, el profesorado parecía no haber conocido a Freinet ni a otros precursores de pedagogías no agresivas y discriminatorias.

En la década del 60 se estaba empezando a hablar de Planificación de la Educación en Chile. Gérard Lepoutre ofreció a Patricio Cariola tomar a su cargo a dos personas para que durante un año conocieran los sistemas educativos existentes en Francia, Bélgica e Inglaterra, especialmente en los niveles de “Educación Primaria” y “Educación Secundaria” y conocieran diversos organismos especializados en Educación y en Planificación de la Educación. No había un curriculum previsto ni tampoco algún diploma final, solo se exigía un informe final que diera cuenta de lo aprendido, leído, descubierto, durante ese año.

Esas dos personas fuimos Liliana Vaccaro y yo, ambas trabajábamos en el Colegio Jeanne D’Arc. Yo estaba buscando salir a trabajar fuera de Santiago, postulé a varios puestos de profesora de castellano en provincia, por ejemplo, postulé al Liceo de Calama, me fue mal, por ser mujer, soltera y joven, aunque con mis 25 años ya me sentía solterona.

Un día mi colega Liliana Vaccaro me dice: Oye, andan buscando a dos personas que les interese ir a Francia a estudiar Planificación de la Educación. ¿Qué será eso?, me pregunté para mis adentros.
La persona encargada de enviar a estas personas era Patricio Cariola, quien estaba empezando a darle vida al CIDE. Fuimos las únicas candidatas.A mí me admiró la confianza que tuvo en nosotras, él tampoco nos conocía. Podíamos haber sido unas chambonas, oportunistas, saca-vueltas, unas inútiles…, pero no fue así.

Partimos del Puerto de San Antonio el 10 de septiembre de 1964 en El Andalién, un barco de carga chileno. Pisamos tierra francesa el 12 de octubre. Durante un año vivimos en Lille.
Regresamos a fines de 1965 cuando se estaba recogiendo información para el Censo del profesorado de la Educación Católica en Chile.

El CIDE tuvo a su cargo llevarlo a cabo. Este trabajo se inició en 1964. En 1965 ingresé al CIDE y me tocó trabajar en dicho Censo. Uno de los objetivos de este Censo era conocer la cantidad de docentes laicos y religiosos, hombres y mujeres, titulados y no titulados que ejercían como docentes en establecimientos católicos.

A medida que se recolectaba información – no sin dificultades-, nos fuimos dando cuenta que las informaciones que se pedían en el cuestionario, especialmente las relacionadas con la cantidad de docentes titulados y no titulados, producían una cierta incomodidad en muchos de estos establecimientos.Hubo establecimientos que no respondían a la totalidad de preguntas del cuestionario; mientras otros, no respondían. Ante esta situación fue necesario llamar por teléfono más de una vez a directores y directoras, inspectores e inspectoras generales renuentes de los establecimientos tanto de Santiago como de provincia.Fueron muchas las horas de comunicación telefónica o telegráfica para pesquisar información, porque iba apareciendo, a medida que llegaban los primeros cuestionarios, que no eran muchos, que la cantidad de docentes no titulados era sorprendentemente alta en los establecimientos católicos, provocando una situación problemática, puesto que la Reforma de la Educación en curso exigía que las y los docentes tuvieran sus títulos universitarios de docentes o estuvieran cursando estudios universitarios de pedagogía.

Trabajé en el CIDE en la recopilación y revisión de cuestionarios destinados al Censo de la Educación Católica durante 6 o 7 meses.

Esa experiencia laboral me permitió conocer a Patricio como líder de hazañas no menores. El Censo no siempre fue bien acogido por los establecimientos católicos, requería generar cambios exigentes e incluso dolorosos. En este contexto pude valorar y admirar en Patricio su entusiasmo, rigor, su capacidad de coordinar una multiplicidad de acciones en el ámbito educacional privado y confesional, acordes con las exigencias ministeriales, estatales y, no solo esas exigencias, sino que además, estaban las reivindicaciones gremiales de parte del profesorado que no poseía los requisitos de titulación universitaria requeridos, lo que, lamentablemente, afectaba su situación laboral, a menos que iniciaran una formación académica en el ámbito de la pedagogía hasta obtener los títulos universitarios. Hubo incluso muchos casos de docentes que, previamente, debieron prepararse para rendir el Bachillerato, antes de ingresar a la Universidad.

Siempre me sorprendió la confianza que depositaba Patricio Cariola en las personas que trabajamos con él. En ese tiempo el naciente el CIDE ocupada tres piezas, Juan José Silva al fondo, Isabel Frei y yo en la de la entrada y otra, un poquito más grande era la oficina de Patricio. Por esa oficina circulaba un número indeterminado de los más variados colaboradores de Patricio, se reunían con él, luego se iban, llegaban otros y así, unos entraban y otros salían sin tregua.

El clima laboral en ese CIDE naciente era ameno y poco rutinario, no faltaban las urgencias previstas e imprevistas y, en medio de todos los afanes, Patricio vivía saturado de reuniones con las autoridades de esa época, con las y los docentes, dirigentes, directoras y directores de colegios católicos de Santiago y provincias. Había momentos de tensión y de cansancio, pero nunca faltó una consistente dosis de buen humor. En medio de este ajetreo incesante, Patricio siempre supo estar disponible para abordar los problemas que pudieran estar afectando a las personas con quienes se relacionaba a través del trabajo. Su capacidad de escucha era sorprendente aunque mientras se conversaba con él diera la impresión de estar distraído o concentrado en asuntos más importantes. Otra de sus características es que era sumamente olvidadizo o, no sé si distraído o bien tenía siempre un montón de ideas, proyectos, asuntos pendientes,… que le revoloteaban en su cabeza. Sería por eso, quizás, que el componente administrativo y financiero no era su fuerte. Menos mal que estaba rodeado de personas preparadas en gestión y administración.

Pasaron los años y, un día, tal vez del año 1980 o un poco antes, Patricio llegó a París, yo ya estaba viviendo en Francia. Por teléfono nos pusimos de acuerdo para encontrarnos en el Parque del Luxemburgo. Cuando llegué, él ya estaba ahí, ensimismado en sus pensamientos paseando delante de un banco, sobre el que había dejado su maletín/porta documentos. Después de saludarnos, caminamos no más de 10 minutos, sin alejarnos mucho del banco en que había dejado su maletín. Conversamos en torno a los compromisos que tenía agendados y en cuales yo podría ayudarle.
Volvimos hacia el banco, el maletín con todos los documentos de trabajo ya no estaba en el banco en que lo dejó Patricio, ni tampoco estaba en ningún otro banco cercano. Miró hacia los bancos más cercanos, solo había personas sentadas conversando. Patricio quedó como paralizado durante unos minutos, presa de un estado de desconcierto máximo. Muy pronto recuperó la serenidad y fuimos a un café para que pudiera reorganizar su estadía después de este percance.

Respecto de los temas espirituales y sociales los abordaba con sencillez, discreción y valentía. Esta actitud afable y cordial permitía que los temas que iban surgiendo, en los ámbitos de la educación católica y de la educación no confesional, así como en los temas de la contingencia social del diario vivir no lo desmoralizaran, sabía recuperar la calma.

Sin embargo, a pesar de su prudencia y tal vez a causa de su valentía, fue detenido y llevado a la cárcel durante un periodo que no sé cuánto duró. Lo que sí sé es que mientras el Gobierno del país estuvo en manos de las Fuerzas Armadas, Patricio ayudó a muchas personas, asumiendo riesgos que, desgraciadamente, lo hicieron merecedor de ser detenido y encarcelado.

J: Pero, en qué consistió el contacto con Patricio?

C: En abril de 1966 volví a Francia, esta vez para encontrarme con un joven francés con el que me casé, tuvimos un hijo y una hija. Estuve en Francia 18 años, entre 1966 y 1984.Al llegar a Francia, me inscribí en L’ Ecole des Hautes Etudes d’Amérique Latine para obtener una Licenciatura en Español, ya que mi título chileno de Profesora no me permitía conseguir trabajo en establecimientos escolares.

Fue una experiencia interesante, fui estudiante durante el periodo de Mayo de 1968. Y claro, se alargó el semestre universitario, pero obtuve la Licenciatura, la que tampoco me sirvió, porque cuando fui, muy segura de mi misma a la Prefectura de Educación Regional de mi Comuna, el señor que me atendió, me miró con lástima y me mostró un alto de carpetas de 200 solicitudes de profesores españoles y latinoamericanos en busca de trabajo. Me aconsejó no dejarle mi carpeta, porque la inscripción tenía un valor bastante alto: 2.000 Fr., además esa cantidad de dinero que yo no tenía de donde sacarla y la hubiera gastado inútilmente.

Entonces me fui cavilando y preguntándome ¿qué voy a hacer en este país?
La verdad es que no me afligí demasiado. Con Guy, que fue mi marido, teníamos planeado venirnos a Chile al cabo de 3 año y más precisamente en diciembre de 1973 o en 1975, cuando él hubiera terminado sus estudios de ingeniero informático.

Entonces trabajé a medio tiempo como secretaria en el Secrétariat de l’Enseignement Catholique en France. Hice un montón de traducciones, otras tantas revisiones de textos. En 1969 nació mi hijo y 3 años después nació mi hija. No busqué trabajo, porque tal como iban las cosas teníamos previsto venirnos a Chile a fines de 1973. De nuevo nos falló lo programado debido al Golpe de Estado. Pero con la llegada masiva de cientos de personas que venían de Chile, junto con otras personas chilenas que estábamos viviendo en Francia organizamos en grupo de Artesanos Solidarios que funcionó durante 8 años. Luego, durante los últimos 6 años de estadía en Francia trabajé como secretaria y traductora en una ONG, CICDA (Centre International de Coopération et Développement Agricole). Esta fue una experiencia muy interesante, en la que sus integrantes habían tenido desde la infancia experiencias cooperativistas en el área rural. Los proyectos que desarrollaban estaban fundamentalmente en diversas regiones de Perú y de Bolivia, más algunas que comenzaban a funcionar en Brasil y México. Aprendí mucho.

J: Entonces, cuando tú vuelves a Chile, ¿ cómo llegaste al CIDE por segunda vez?

Separada de Guy, regresé a Chile con mis hijos ya adolescentes a fines de 1984 y a mediados de 1985 tuve el privilegio y el honor de ser integrada en el Programa de Educación Popular, coordinado por Cecilia Yánez, en un CIDE transformado en una colmena 19 años después del Censo de la Educación Católica en Chile. Ahora había más de un centenar de personas trabajando en diferentes Programas de Desarrollo y de Investigación. Y Patricio siempre entusiasta, ensimismado a veces, con su misma carcajada, con una valentía y solidaridad a toda prueba, dadas las condiciones de vida desde 1973. Muchas fueron las misas y otras ceremonias y liturgias para conmemorar situaciones trágicas. Para mí fue otro privilegio estar trabajando con un enorme grupo de personas solidarias y empeñadas en recuperar la democracia.

Mi primer trabajo, fue en 1985 en una Escuela Parroquial, me tocó un Primero Medio.El inicio de las clases estaba fijado –no recuerdo la fecha exacta- en todo caso sé que fue un lunes, al día siguiente del terremoto de 1985, por lo que el inicio del año escolar se postergó una semana.Debía ceñirme, al Programa de castellano y literatura y a las actividades propuestas en el texto de estudios del Ministerio de Educación.Trabajé en ese establecimiento un semestre. Quedé espantada al trabajar con un curso de 42 alumnos, la mayoría eran niñas y niños repitentes o que venían de otros establecimientos porque los habían expulsado.

En la primera clase, no fui capaz de ceñirme a la Primera Unidad sugerida en el Texto de Estudios, cuyo tema era la tragedia de Prometeo. Me pareció más significativo y adecuado que niñas y niños pudieran relatar y expresar lo que vieron, vivieron y sintieron durante y después terremoto. Situación compartida con la mayoría de los habitantes de la zona Central y Sur de Chile.Para motivar la conversación les leí un texto sobre la Creación del Mundo desde la cultura Mapuche, en que hay dos serpientes enemigas, Tenten Vilu y Kai Kai Vilu.

Ese texto permitió a las y los alumnos relatar oralmente lo que habían vivido y lo que habían aprendido respecto de temblores y terremotos. Se fueron con una tarea que debían hacer entre dos personas: crear un poema sobre la base de sus experiencias sísmicas, las que debían presentar en la clase siguiente, y las notas las pondrían los propios alumnos. Y como modelo de poemas les sugerí que leyeran algunos poemas de Neruda y/o de Nicanor Parra.
Fue una experiencia interesante para mí y logré que hubiera algo de entusiasmo de parte de las y los alumnos.

A mitad del año 1985, mi amiga Cecilia Yáñez, otra colega del Jeanne D’Arc, que estaba trabajando en el CIDE, me llamó y me preguntó si me interesaría hacer la corrección de estilo de unos libros sobre ética y moral que estaba terminando de escribir Tony Mifsud, Sacerdote Jesuita, que también trabajaba en el CIDE. Por supuesto que me interesó la posibilidad de hacerlo, en Francia con mucha frecuencia lo hacía y además es una labor que encanta.

No recuerdo en qué fecha exacta Cecilia Yáñez, me volvió a llamar para decirme que había conversado con Patricio Cariola y visto que en el Programa de Educación Popular se estaba necesitando a alguien que se hiciera cargo de los “juegos educativos”, de los materiales utilizados en los Talleres de Educación Popular y de la edición de un boletín mensual que se llamó “El Mensajero”. Mi respuesta fue un “Sí” entusiasta y agradecido.

Para mí que seguía interesándome por conocer más en torno a una pedagogía, afectiva, convivial, participativa y liberadora fue un privilegio trabajar casi 10 años en el Programa de Educación Popular del CIDE. Este regalo laboral lo agradeceré siempre.

J: ¿Cómo era la relación con Patricio en ese entonces?

Muy buena, por ejemplo al incorporarme al Programa de Educación Popular, Patricio me convocó y me animó a ayudar al equipo del Programa. No recuerdo de qué hablamos, solo recuerdo que fue una conversación muy grata y cordial en su oficina. Por otra parte, sin una periodicidad establecida, Patricio nos pedía que nos reuniéramos con él para que le informáramos sobre la marcha del Programa. No siempre fueron conversaciones serenas las que tuvimos, pero una vez terminada la discusión y la reunión, el oleaje amainaba y volvía la calma y la cordialidad.

Pero surgió un problema cuando empezó a escasear el dinero a partir del año 1990. En varios Programas del CIDE muchas personas se fueron retirando, viendo que no se obtendría fácilmente apoyo financiero nacional.
Ante esta crisis financiera el CIDE se vio obligado a disminuir gastos, lo que implicó la necesidad de ir disminuyendo paulatinamente los recursos materiales y humanos. Y con los recursos que se obtuvieran solo se financiarían algunos de los programas.

En el caso del Programa de Educación Popular, se suspendió el financiamiento que provenía de agencias extranjeras solidarias. En el presupuesto del Ministerio de Educación, no se previó financiamiento alguno para la Educación Popular y, en el CIDE, dada esta situación, se decidió destinar los fondos de educación a la educación escolar, puesto que atendía a miles de niños de todo el país. Era lógico, era lo que había que hacer.

Desde ese momento como grupo vimos que teníamos que prepararnos para dejar nuestro trabajo, lo mismo sucedió en otros Programas de Desarrollo, cuyo financiamiento también provenía de agencias extranjeras.
Algunas personas renunciaron a su trabajo en el CIDE, porque habían encontrado trabajo en otras partes. Otras, seguimos algunos meses hasta que llegó el momento de partir.

Fue en ese momento que surgió un problema delicado y doloroso. Las personas que debíamos partir suponíamos que recibiríamos una indemnización correcta desde el punto de vista legal, pero no fue así, lo que se nos ofreció nos pareció un error. Hubo varias reuniones con todo el personal del CIDE en las que se nos explicó, por ejemplo, que el CIDE no disponía de fondos suficientes para cubrir los montos destinados a las indemnizaciones para todas las personas que debían partir.

Junto con otras cuatro o cinco personas hicimos cálculos para proponer una alternativa más justa. Llegamos a la conclusión que a las personas que debían partir se les rebajara el 10% de la indemnización por desahucio legal y a las personas que continuarían trabajando en el CIDE, durante un año no se les reajustara el 5% de su salario. De este modo el CIDE no se desfinanciaría.

Esta propuesta no fue aceptada. Con otras tres personas, nos sentimos obligadas a recurrir a la justicia. Esto significó que Patricio Cariola, Director del CIDE, debió comparecer ante la Tribunal como responsable de este problema laboral.Nosotros cuatro, obtuvimos lo que nos parecía justo, es decir, recibimos el 90% de nuestra indemnización.

Esta situación no fue grata para nadie, pero si llegamos hasta los tribunales fue por una convicción: las leyes laborales nunca deben ser transgredidas y las y los trabajadores deben ser respetados en sus derechos laborales.

Algunas personas del Programa lograron encontrar trabajo y se fueron. Las demás decidimos analizar quiénes podían partir primero y quienes necesitaban más tiempo para irse, de acuerdo a la situación familiar de cada cual.
Nuestra coordinadora, Cecilia Yáñez comunicó a la dirección del CIDE quienes habíamos decido partir primero y, por lo tanto, podrían despedirnos cuando fuera necesario.Cuatro personas siguieron trabajando hasta el cierre del Programa. Fue un periodo breve.

J: Por lo que tú me cuentas no logro formarme una idea clara de las características que veías en Patricio, las buenas o malas,… ¿Qué tipo de persona era?

C: Mira, para mí Patricio Cariola era una persona lo suficientemente loca, audaz y creativa para atreverse a hacer cosas que habitualmente pocos se lanzan en esas aventuras, porque el CIDE fue una tremenda aventura. Yo lo conocí así de chiquitito, una oficina con dos ambientes nomás y, finalmente después fue creciendo y fue haciendo cosas súper interesantes. El problema de las indemnizaciones, para mí fue un error, no sé a quién o quiénes se les ocurrió, pensando que era LA SOLUCION. De lo que estoy segura es que Patricio debe haber sufrido con este conflicto.

En ningún momento estuve enojada con él, molesta sí, pero sin rencor. Es así que después de este conflicto, muchas veces nos encontramos en casa de personas amigas y podíamos conversar sin problemas ni malas caras. Esto es algo más que debo agradecerle.

J: ¿Cuáles rescatarías tú como las grandes realizaciones?

C: Lo que más conocí fue el trabajo del Programa de Educación Popular, lo más gratificante es que en situaciones inesperadas te encuentras con personas que participaron en los Talleres de Educación Popular. Entre esas personas hay, por ejemplo, un alcalde, varios son locutores de radios rurales y comunitarias, también hubo personas que se capacitaron como animadores sociales, también hay otras personas que siguieron estudiando, porque como lo expresó un participante: “Necesitábamos un golpe vitamínico, afectivo y también social que nos hizo crecer intelectualmente”.

Ahora, por supuesto, en todo esto hay toda una tradición que, yo creo se fue heredando de Paulo Freire y otros. En el equipo nuestro peleábamos mucho, pero también nos queríamos mucho.

J: Mira, yo creo que hemos avanzado, hemos abordado todos los puntos que yo quería preguntarte. ¿Tienes algo más que no has dicho, que no te haya preguntado?, ¿qué te gustaría agregar sobre Patricio, o sientes que has dicho lo que es importante saber?

C: – Aunque ya lo dije, creo que olvidé un par de cosas, además de su capacidad de confiar en los demás, habría que agregar su humildad y su capacidad de manejar en forma participativa una institución mañosa, para eso hay que tener fuerza. De repente nos poníamos pesados también.

Ahora, en la parte espiritual estaba siempre disponible en todo lo que era su rol de sacerdote. Pero no majadereaba, no trataba de convertir a los herejes. Debe haber sufrido también con todo el manejo del CIDE, porque los seres humanos somos bien complicaditos, con todas las mañas que tenemos. Creo que por eso se hizo querer.

Incluso esto de que hayamos tenido un juicio con él y que después hayamos tenido relaciones normales de conversación, a mi parecer es algo admirable.

Tiempo después alguien me pregunto: ¿Oye tú podrías pedirle perdón al Pato Cariola? Le respondí: No, no tengo por qué pedirle perdón. A lo mejor si nos juntáramos deberíamos perdonarnos unos a otros, pero no hemos hablado nunca de eso.
J: ¿No volviste a hablar con él?
C: Sí.
J: ¿Pero no del conflicto?
C : No

J : Muchísimas gracias Carmen